Asamblea Constituyente en el Perú: entre la captura mafiosa, el terruqueo y los discursos vacíos
La propuesta de una Asamblea Constituyente reaparece cíclicamente en la política peruana como la gran salida para refundar el Estado y corregir las desigualdades estructurales del país. Para parte de la izquierda, representa un horizonte simbólico de transformación profunda. Pero en la realidad actual, esta bandera se ha convertido en un discurso vacío, políticamente inviable e incluso peligroso: en un escenario dominado por mafias parlamentarias y una derecha que utiliza el terruqueo y la etiqueta “caviar” como armas de deslegitimación, una Constituyente terminaría capturada por los mismos grupos que hoy degradan la democracia.
Una correlación de fuerzas adversa: por qué la izquierda no ganaría una Constituyente
La izquierda peruana enfrenta un problema estructural: no tiene el poder político, territorial ni mediático para influir en un proceso constituyente. Su fragmentación interna, la falta de organización nacional y la pérdida de credibilidad tras experiencias de gobierno mal gestionadas la dejan sin capacidad de disputar mayorías.
Del otro lado se encuentra una derecha:
Organizada territorialmente a través de máquinas clientelares.
Con financiamiento opaco e influencia empresarial.
Con control mediático amplio.
Con operadores judiciales y legislativos listos para blindar intereses.
En un proceso de elección de constituyentes, estas fuerzas dominarían con facilidad el resultado.
El problema no es solo de fuerza electoral: es de quién controla el Estado
El Congreso actual evidencia un nivel de degradación sin precedentes. No se trata de un Parlamento conservador o liberal; es un conjunto de redes informales, mafias regionales, operadores de intereses privados y grupos vinculados a casos de corrupción. Sus prioridades legislativas lo muestran:
Blindajes permanentes para investigados.
Retrocesos en educación, ciencia y control institucional.
Normas hechas a medida para gremios empresariales específicos.
Persecución selectiva a adversarios políticos.
Desmantelamiento de organismos autónomos para colocar operadores propios.
Si estos actores ya usan el poder actual para protegerse, es evidente que capturarían una Asamblea Constituyente para expandir aún más sus privilegios.
El terruqueo como arma para destruir toda oposición progresista
La derecha peruana ha convertido el terruqueo en su herramienta política más eficaz. No es un fenómeno menor: es un dispositivo de control cultural y emocional que permite:
1. Invalidar automáticamente cualquier propuesta progresista, sin importar su contenido.
2. Dividir y paralizar la movilización social, generando miedo a participar.
3. Homogeneizar el pensamiento conservador, convirtiendo a todo disidente en una amenaza.
4. Reescribir el conflicto interno como arma electoral, no como memoria histórica.
Cada vez que un actor propone reformas estructurales —educación, regulación empresarial, reforma política, redistribución fiscal— es etiquetado como simpatizante del terrorismo. El costo psicológico, mediático y social del terruqueo desmoviliza y reduce la influencia de la izquierda, debilitándola antes de cualquier disputa democrática.
La etiqueta “caviar”: creación de un enemigo inexistente para justificar abusos
El otro recurso sistemático es llamar “caviar” a todo lo que no comulga con la derecha más dura. Este término funciona como:
Un insulto despolitizador.
Una forma de deslegitimar técnicos, académicos, juristas o periodistas críticos.
Un mecanismo para destruir la idea misma de una izquierda democrática o moderna.
Un arma para presentar a la derecha mafiosa como “pueblo”, y a cualquier oposición como una élite hipócrita imaginaria.
El resultado es un enemigo invisible y gaseoso, contra el que se puede justificar cualquier exceso político. Y en ese clima emocional, la posibilidad de un debate serio sobre una nueva Constitución es inexistente.
Una Constituyente dominada por mafias y autoritarismos
Ante este escenario, una Asamblea Constituyente no sería un espacio de renovación democrática, sino un campo dominado por:
Grupos conservadores con financiamiento oscuro.
Mafias regionales articuladas alrededor del Congreso actual.
Sectores ultraconservadores que usarían la Constitución para imponer agendas morales o religiosas.
Redes de corrupción buscando más blindaje constitucional.
El resultado probable sería:
Una Constitución más regresiva.
Menos independencia institucional.
Mayor concentración de poder en grupos económicos y políticos.
Retrocesos en derechos civiles, educativos y laborales.
La izquierda estaría marginalizada desde el inicio.
La izquierda y su error estratégico: consignas sin estrategia
Buena parte de la izquierda repite la demanda de Asamblea Constituyente como símbolo identitario, no como estrategia viable.
Pero un análisis serio exige reconocer que sin fuerza social, sin presencia territorial y bajo un clima de terruqueo sistemático, la propuesta:
No suma poder.
No construye alianzas.
No organiza a la ciudadanía.
No tiene capacidad de victoria.
Es, en términos prácticos, un discurso vacío.
Lo que sí puede hacer la izquierda (si quiere volver a ser relevante)
1. Reconstruir organización territorial real, no solo electoral.
2. Crear un discurso progresista moderno, no reactivo.
3. Combatir el terruqueo y el uso político del miedo con pedagogía pública.
4. Presentar reformas institucionales concretas, no abstractas.
5. Recuperar autoridad moral, adoptando tolerancia cero frente a corrupción interna.
6. Tender puentes con sectores democráticos no necesariamente de izquierda.
Solo fortaleciendo su legitimidad social podrá volver a disputar el diseño del país.
Conclusión: una Constituyente hoy sería un error histórico
Mientras la derecha mafiosa controle el Congreso, los medios y los aparatos emocionales de poder (terruqueo, “caviares”, miedo moral), una Asamblea Constituyente:
No sería emancipadora.
No sería democrática.
No sería plural.
Y mucho menos progresista.
Sería un instrumento más de captura del Estado.
La izquierda no debe renunciar a la idea de una nueva Constitución, pero sí debe reconocer que hoy no tiene las condiciones para ganarla. Y repetir la demanda sin enfrentar el terruqueo, sin reconstruir fuerza social y sin disputar el sentido común solo fortalece a quienes ya secuestraron la democracia peruana.
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